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FANÁTICOS MÁRTIRES

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Posted 3 mayo, 2013 by admin in Columna Deportiva

sub17

Foto cortesía crónicasvenezuela.com

Por José Luis Altuve

 

Miles de sensaciones, sudor frío, actitud inquieta, dolor en el cuello y espalda y para los más fanáticos quizá hasta espasmos musculares con llanto, forman parte del conjunto de cosas que debemos padecer cada uno de los venezolanos (o al menos quienes la seguimos fervorosamente) cada vez que vemos jugando a nuestra selección nacional “La Vinotinto” (en este caso en su versión SUB-17), y más en un juego tan poco apto para cardíacos como el que se llevo a cabo en Argentina en días anteriores, Venezuela contra la albiceleste por el campeonato suramericano de la categoría, Argentina 2013.

Todo un preámbulo para tan magno evento llevó este servidor a cabo para lograr la mayor comodidad posible: cotufas, bebidas, equipo de sonido conectado a mi tv (lamentablemente de bajas medidas) y una novia cómoda en la cual recostarse.

Empezó el partido. Desde el comienzo, al no hallarme dentro de un subconjunto dentro de los fanáticos, empiezo a padecer el inicial síntoma de cualquier seguidor a muerte en tensión: dolor de cuello. Una Venezuela que si bien sabía lo que hacía al tener un buen trato de balón, toques cortos precisos, primera línea de volantes sólida y una delantera presionando, aún sin saberlo porque, no me permitía olvidar a toda esa maquinaria bicampeona mundial del deporte mas bello de la Tierra, totalmente ataviada de francas celestes y blancas. Desde el portero Batalla hasta Bustos, desde Maradona hasta los 50 kilos que pesaba la cinta de capitán en Leandro Vega y que con su sola presencia, intimidan a cualquiera. Yo viví esa intimidación… al parecer mi selección no.

A los 15 minutos del primer tiempo, tras una gran jugada que culminó en un disparo a la portería argentina que culminó fuera de los tres palos, comencé a creer. En ese momento corrobore que si se podía y mucho más cuando exactamente un minuto despues nuestro Ronaldo venezolano, Ronadlo Peña, emitió un centro perfecto para que el ariete local Andrés Ponce, consiguiera el primer gol para los vinotintos. Más seguro aún al ver la parca y casi inemotiva celebración de nuestro seleccionado, la cual de manera inequívoca transmitía seguridad, tranquilidad y esperanza de un ¡sí se puede! Inmediatamente viví el segundo síntoma: actitud inquieta, además de que con el primer tiempo también dije adiós a mi primera comodidad: las cotufas. Tiempo para tratar de calmarse e ir al baño gracias a las bebidas.

No habían pasado cinco minutos cuando en el minuto 21 del juego el argentino Leandro Suárez consiguió la paridad en el marcador. Despues de esas reacción casi inmediata, pueden imaginarse que volvieron mis 2 primeros síntomas y el asomo de un tercero (para ser sinceros motivado a la mala posición que tenia en mi cama producto de una novia melosa pendiente de abrazarte y preguntarte que es estar adelantado en vez de dejarte disfrutar del partido): dolor de espalda.

Para el segundo tiempo, empezaron a moverse las bancas de ambos equipos, ingresando Caraballo pro Venezuela e Ibañez por los bonaerenses. La tensión estaba en el ambiente: desde Argentina hasta Venezuela, desde mi cuello hasta mi espalda, cosa que más bien empeoro con los siguientes minutos del partido. Los locales montados encima de Venezuela, el pequeño Marquina expulsado, amarilla para Peña, un casi gol de Andrés Ponce y faltando 20 minutos del final, lograron el más doloroso de todos los sufrimientos para un fanático: Espasmos. Tomemos en cuenta que todo esto vino con el característico sudor frío propio de jugar un partido en San Luis a bajas temperaturas (al menos en alma ya que obviamente yo no me encontraba jugando). Un fuerte dolor que me impedía mover tanto cuello como la parte baja de la espalda me invadió bruscamente, ni hablar del calambre en la pierna izquierda producto de un intento de patada a lo Andrés Ponce que intenté cuando supuestamente Andrés  debía hacerlo. Lo único que faltaba era un paro cardíaco que gracias a Dios no padecí.

 Sin embargo, hay una sensación que puede ser tanto dolorosa como liberadora de todas las anteriores, al menos de momento, tomando en cuenta el contexto que se viva: el llanto. Ese mismo que no te deja respirar, que te ofrece la única salida a todo aquello que te oprime el pecho y que hace que tu cuerpo sea un peso. El mismo que regularmente usamos cuando nos dejan o nos son infieles, cuando nos roban el automovil o nuestra madre nos reprende (mi mama aún lo hace obviando mi edad) pero que también aparece en momentos de alegrías superlativas. Y el mismo que se hizo presente en el minuto 90, luego de ver como argentina se iba arriba en el 78 producto de Leandro Suárez, cuando nuevamente el omnipresente Ronaldo Peña sacó un potente disparo de media distancia para dar agónico empate a dos goles que nos permitia quedar invictos en todo el torneo. No se logró el campeonato pero se consiguió un invicto y una clasificación al mundial de la categoría en los Emiratos árabes.  Adiós bebidas, adiós dolores, adiós novia y bienvenido el Mundial por primera vez en la historia de la categoría sub 17 venezolana. Ya no quedaba tiempo para aguantar y sufrir. Y aunque perdimos el campeonato sin caer, se ganó identidad, se ganó respeto, se ganó inspiración, se ganó ESPERANZA.


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